Nazarenos De Jesucristo

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»

Nazarenos De Jesucristo

VII Sermón

Jesús murió a cielo abierto, en la calle, en medio del mundo para que todos podamos acceder a él dando confianza, permitiendo que todos los seres humanos tengamos libre acceso a Dios, que no excluye a nadie porque todos somos sus hijos.

La voluntad de Dios es incluir a todos, por ello quiebra el exclusivismo de una cortina que separaba, y nos une, nos hace pasar de enemigos a amigos, de separados a integrados, del clericalismo a la comunidad viva de hermanos porque somos hijos.

Todos somos palabra de Dios porque hemos sido generados por palabra. El ser humano es un poema de Dios, el más lindo poema, hombre y mujer; y por tanto, estamos llamados a decirnos siempre palabras que nos aprecien, no que nos desprecien.

Dios nos regenera otra vez como su pueblo por la palabra, ese Dios que habla con nosotros y se revela por medio de una conversación. Necesitamos ser recreados y renacer de la palabra.

Estamos tan dañados de problemas, corrupciones, crisis humanas, tantas heridas y evasiones a lo que es justo, pero dañados podemos ser curados por la palabra. Por eso, el Señor quiere una Iglesia que escucha, un cristianismo inteligente y meditativo.

Dios suscita con su amor la capacidad de comprender la vida en situaciones difíciles. Dios es padre y madre , y consuela al hijo cercano que nunca se fue de él.

Somos un pueblo conversador, inquieto por contar sus historias, por eso nos hace bien reconciliarnos y hacer que el Padre resplandezca como fuente de vida.

En tus manos:

Cuántas manos de ustedes saben recoger los dolores de las personas y tocar las heridas de cada uno para curarlas. Esas son las manos de Dios que nos formó del polvillo de la tierra y que sopló para que el hombre y la mujer vivieran como verdaderos hijos.

Hoy las manos de Cristo clavadas en la cruz, que son las manos de Dios, nos van a curar las heridas. Que esas manos no sirvan para destruir a nadie ni destruirse a sí mismo.

Encomiendo:

El gran valor del espíritu de Jesús lo da al Padre, con la esperanza de resucitar en la vida plena de Dios Padre, a quien siempre vivió.

Mi espíritu:

Jesús entrega su espíritu para que fuera entregado a todo ser humano, y el espíritu divino de amor permanezca en la humanidad. Dejemos que el espíritu de Jesús entre en nosotros y nos haga revivir en su amor, en su justicia y en su paz.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la cruz para pagar con tu sacrificio la deuda de mis pecados, y abriste tus divinos labios para alcanzarme el perdón de la divina justicia: ten misericordia de todos los hombres que están agonizando y de mí cuando me halle en igual caso: y por los méritos de tu preciosísima Sangre derramada para mi salvación, dame un dolor tan intenso de mis pecados, que expire con él en el regazo de tu infinita misericordia.

Tres Gloria.
Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.

Prédica de Mons. Carlos Castillo.