Nazarenos De Jesucristo
III Sermón
Jesús nos está enseñando a mirar. No se trata de voltear la cara y mirar a otra parte, sino mirar la realidad para que acogiéndola la convirtamos en un relato de amor. Cuando vemos la realidad con ojos de misericordia, la realidad se puede convertir en un relato de amor porque somos creados por un Dios que es amor.
Cuando leemos este evangelio descubrimos un detalle: en el griego original las palabras del evangelista San Juan “Mira a tu hijo, mira a tu madre“. La fe es aprender a mirar como nos mira Dios.
¿Y cómo miramos a la realidad? ¿Cómo miramos a nuestros vecinos, compañeros de trabajo y amigos? ¿Miramos con ojos de acogida o de desprecio? ¿Con respeto o con envidia? ¿Miramos para dar libertad o para poseerla? ¿Miramos para condenar o perdonar?
Lamentablemente en nuestro mundo y nuestro país existen miradas de odios, maltrato y acoso; y bien sabemos que como miramos a los demás, así los tratamos. Desde la cruz Jesús nos enseña a mirar con misericordia y compromiso.
Mirar con sinceridad es acoger. Es el segundo momento crucial de este pasaje bíblico: acoger a los que sufren, acoger como peruanos y peruanas a los que piden ayuda, abrir las puertas de nuestro corazón para acoger.
¿Cómo recibimos a las mujeres? ¿A los hijos? No podemos cerrar los ojos y dejar de mirar la realidad. Nos estamos matando entre peruanos, y por eso debemos decir: ¡Basta de hacer de la violencia un estilo de vida!
Señor enséñanos a mirar como tú nos miras, acoger como tú nos acoges, a sentir como tú, porque estando a tu lado nada de lo esencial nos falta. Ayúdanos a construir una Iglesia como tú quieres que sea, un espacio de encuentro y sanación para todos. Salir de nosotros al encuentro de todos, pero especialmente de los que están más lejos, parientes, amigos, enemigos, aquellos que con nuestras acciones hemos alejado.
Regálanos Padre bueno el don de la paz, la tolerancia y el respeto, para que seamos artesanos y artesanas de paz. Que construyamos un mundo de todas las sangres, erradicando todo tipo de violencia.
Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la cruz para pagar con tu sacrificio la deuda de mis pecados, y abriste tus divinos labios para alcanzarme el perdón de la divina justicia: ten misericordia de todos los hombres que están agonizando y de mí cuando me halle en igual caso: y por los méritos de tu preciosísima Sangre derramada para mi salvación, dame un dolor tan intenso de mis pecados, que expire con él en el regazo de tu infinita misericordia.
Tres Gloria.
Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.
Prédica del Padre Juan Bytton, SJ.